Mucha cara y muchos cuernos

César Cruchaga (Ezcároz, Navarra, 1974) jugó doce temporadas en el Osasuna y otras tres en su filial. Estuvo ligado al club de Pamplona desde 1993 hasta 2009. Más de 300 partidos con los rojillos. Entre sus logros: un ascenso, clasificación para la Champions, finalista de Copa y semifinalista de la UEFA. Fue capitán, jugó de central y se retiró con nueve goles en Liga y dos en Copa. Y con una permanencia en la última jornada, tras ganar 2-1 al Madrid en el Sadar. Emociones fuertes, pero no suficientes.

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Los futbolistas profesionales no pueden realizar actividades peligrosas, como ir en moto; tampoco pueden practicar deportes de riesgo, como el ski o el salto en paracaídas. Su contrato dicta que se alejen de fuentes de lesión ajenas al fútbol.

Obviamente, prohibido ponerse delante de un toro en San Fermín. Cruchaga ascendió al primer equipo con 23 años. Hasta entonces, y desde los 15, había sido un asiduo en los encierros de Pamplona. “Ves correr a tu padre y es inexplicable. Te metes un día y te entra un veneno difícil de sacar”.

Un mes después de su retirada, volvió a correrlos: “después de 12 años tenía mono de correr. Me costó una barbaridad dejar de hacerlo al convertirme en futbolista profesional”.

El futbolista hablaba para los medios poco después de correr el encierro: “hace 12 años era distinto. Ahora hay mucha más gente que corre bien y es más difícil lucirse, sobre todo en Estafeta”. Ese miércoles había menos gente: el sábado había muerto Daniel Jimeno tras recibir una jornada en el cuello. “El riesgo es evidente pero se minimiza si eres de aquí y sabes de qué se trata”.

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En 2010, un año después de dejar el fútbol de forma “no voluntaria”, solicita el reconocimiento de incapacidad permanente. Alega que sus limitaciones físicas no le permiten desarrollar su trabajo y prolongar su carrera. Y pide, por tanto, una prestación por invalidez. Una prestación vitalicia que puede alcanzar los 2.300 €. Lejos de los 50.000 que cobraba como futbolista, pero una fuente de ingresos después de cortar el grifo.

El Instituto Nacional de la Seguridad Social denegó la solicitud: “no presenta reducciones anatómicas o funcionales que disminuyan o anulen su capacidad laboral”.

La reclamación fue desestimada. Bien es cierto que la carrera deportiva de César Cruchaga estuvo marcada por sus lesiones de rodilla: dos operaciones, ambas por rotura de menisco. Unos problemas que, según su alegación, le impedían seguir practicando el fútbol, pero que, visto lo visto, no mermaban su capacidad para correr los San Fermines. Tampoco para inaugurar un club de pádel en Navarra junto a Patxi Puñal, ex capitán de Osasuna.

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La sentencia final no consideró las limitaciones físicas de su rodilla como la causa exclusiva del abandono de la práctica deportiva.

El central se defiende, ante lo que considera un “juicio público paralelo”: “creo que estoy en mi derecho. Es un trámite que también han hecho pelotaris, atletas, jugadores del Portland… Me han quitado el 45% de lo que he ganado en toda mi vida y ahora parece que estoy robando. En diez años sé que voy a tener que ponerme una prótesis. Podré hacer vida normal, pero no podré hacer deporte”. Sus declaraciones no convencieron a la jueza. Y a mí tampoco.

Dice el refrán que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. El toro no le pilló. Cruchaga salió ileso del encierro como cojo. No salió ileso del juzgado como mentiroso. Sin juzgar ni jugar a ser juez, pero la invalidez que declaraba no era real. Lo inválido era su alegación.